Social / datos e indicadores
Salta registra tres femicidios en lo que va de 2026, una cifra que vuelve a poner en primer plano la gravedad de la violencia de género en la provincia y la persistencia de hechos extremos que impactan de lleno en familias y comunidades enteras.
El primer caso del año fue el de María Griselda Olart, de 44 años, quien murió el 9 de febrero luego de haber sido hallada con heridas de arma blanca en su departamento, en la ciudad de Salta. Por la causa se encuentra detenido con prisión preventiva Alfredo Lara.
Días después se conoció el crimen de Natalia Cruz, docente de 37 años, atacada en su vivienda de Campo Quijano el 17 de febrero. Aunque fue trasladada para recibir asistencia médica, no sobrevivió. Por ese hecho quedó imputado Orlando Serapio, su expareja y padre de sus hijos, quien fue localizado tras permanecer oculto durante dos semanas.
El tercer caso que sacudió a la provincia en estos días fue el de Vanesa Guadalupe Cruz, una mujer de 41 años y madre de cuatro hijos, hallada sin vida el lunes al mediodía. La principal hipótesis apunta a un femicidio seguido de suicidio de su pareja, en un contexto atravesado por un pedido de separación.
Más allá de las particularidades de cada expediente, la repetición de estos crímenes vuelve a mostrar una realidad que no cede. En Salta, la violencia de género sigue dejando víctimas fatales y vuelve a exponer fallas en la prevención, en la protección efectiva y en la capacidad de respuesta temprana frente a situaciones de riesgo.
El dato también impacta al mirar el antecedente reciente. Durante 2025, la provincia había cerrado con 27 muertes por femicidios. A esta misma altura del año pasado, ya se contabilizaban dos casos. La comparación no reduce el drama: confirma que la violencia extrema contra las mujeres sigue siendo una de las deudas más dolorosas del sistema institucional y social.
En una provincia extensa y desigual como Salta, donde muchas veces el acceso a redes de contención, denuncia y asistencia no llega con la misma fuerza a todos los territorios, el problema también obliga a mirar qué pasa en el interior y qué recursos reales tienen las mujeres para pedir ayuda a tiempo.

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